El nacimiento de mi primer hijo

Y como lo prometido es deuda, aquí os comparto lo que fue uno de los momentos más importantes y fuertes de mi vida.

A mitad de agosto me fui unos días a Elche a pasarlos con mi familia en una casita que tenían en una urbanización.  Allí, fuera de la ciudad, se suele estar más fresco y tranquilo y pensé que me vendría bien.
Llegué el viernes 15 por la noche y pensaba irme el siguiente miércoles, pero al final el lunes decidí comprar mi billete de vuelta para el martes porque tenía ganas de volver. Había tenido alguna contracción muy poco molesta esos días pero nada extraño. Yo me sentía más nerviosa pero suelo estarlo cuando viajo sin mi marido y las molestias que me iban surgiendo las achacaba a que ya estaba en el 8º mes y era normal.
Al final, en el tren de vuelta a Barcelona que quería coger, solo quedaba un asiento: el mío. Y me marché a casa.
Los preparativos con mi familia para cuando, supuestamente, volviésemos unas semanas después seguían en pie sin que nadie sospecháramos nada de lo que iba a suceder.

El viaje en tren fue tranquilo y bien (mejor que el de ida) y al llegar mi marido estaba deshecho en mimos conmigo. En casa ya estaba más tranquila.
Esa noche la pasé un poco rara, ya que tuve como 4 contracciones más molestas pero no fui consciente hasta que me desperté y las seguía teniendo muy de vez en cuando. Todo me sonaba así que empecé a mirar en libros y revistas y le dije a mi marido “creo que esto puede ser para tirar el tapón mucoso”. En todos los sitios decía que era algo gelatinoso y rosado con tiñas rojas y yo esperaba ver eso, pero lo único que vi fue flujo marrón oscuro. Pensé “en horas o días lo tiraré”. Visto que la cosa podía empezar y que, según libros y revistas, a las primerizas les puede pasar semanas antes del parto, le dije a mi marido que si tiraba el tapón podía ponerme de parto en cualquier momento y que estaría más tranquila estando en Elche ya, cerca de Acuario. Así que empecé a pensar en irnos un par de días más tarde y comencé a preparar cosas (puse una lavadora con ropita del bebé, mantitas, sabanitas y un bolso).
La mañana pasó y, como se acercaba el mediodía, me puse a hacer la comida. Entre tanto algún mimo con mi marido pero cada uno llevaba su marcha. Yo seguía teniendo contracciones cada mucho y estaba atenta al flujo pero nada rosado ni rojizo aparecía. Después de comer me tumbé en el sofá como de costumbre y me puse a ver la tele. Las contracciones no paraban, es mas, cada vez me molestaban un poco más pero no me planteé nada raro.

Sobre las 7 de la tarde, me puse una peli de video para ver si podía relajarme y olvidarme de las molestias (El Príncipe de Egipto, una peli que me da fuerza y seguridad y me ayuda siempre a conectar conmigo misma) pero no tuvo mucho éxito. Las contracciones empezaban a doler un poco y no podía estar sentada sin más viendo la tele, así que a las 8 me fijé en el relojito que había en la pantalla de la tele y me di cuenta que las contracciones venían cada 5 minutos justos. Mirándolo desde fuera pienso “¿cómo es que no le dije nada a mi marido para hacer algo?” pero es como si, a partir de ese momento, alguien desconectara la parte racional de mi cabeza y me metiera en un planeta paralelo en el que solo existíamos las contracciones y yo.
Dejé la peli puesta y primero me fui a la habitación de mi bebé. Me puse a cuatro patas en la moqueta y después de rodillas. Allí pasé un par de contracciones pero luego me fui a mi habitación y me tumbé en mi cama. Desde ese momento, no la dejé. Fui pasando el dolor de las contracciones de rodillas en la cama, moviendo la cadera y, entre ellas, acostada de lado intentando descansar un poco. En un rato, mi marido vino a buscarme y, al verme así, no se lo que pensó pero le pedí que se quedara y me masajeara la parte baja de la espalda mientras estaba acostada. Pronto me quede sola y las contracciones eran cada vez más dolorosas. Entre ellas ya no había tanto tiempo y apenas podía relajarme o echarme en la cama. Mi marido desapareció y, aunque en ese momento ni me paré a pensar en ello, recuerdo que estaba hablando por teléfono con gente porque se dio cuenta de que esto iba a más.
Yo rezaba con cada contracción, pedía en alto que me ayudaran con el dolor, incluso mordía las sábanas. A veces me ayudaba mucho respirar rápido por la boca como he leído en manuales pero a veces solo podía gritar cosas como “que paren ya, por favor” o “no puedo más”. Pero sabes que sí que puedes, te sale la fuerza de donde no sabes y todo sigue su marcha.
Allí estaba yo, a oscuras, mientras el sol se ponía, a cuatro patas en la cama con el balcón abierto y gritando con una voz que me salía de lo más profundo de mí. Sigo sin entender como no pensé en ningún momento que estaba de parto y que no había nadie para atenderme pero lo cierto es que fue así. Sencillamente me sentía como una leona más, escondida entre arbustos, sin querer ser vista y dando a luz a su hijo.
Mi marido entraba y salía nervioso, intentando hacer algo para ayudarme. Llamó a varias comadronas que asistían en casa pero no le cogieron el teléfono o, simplemente, le dijeron que no. En un momento me dijo que teníamos que irnos al hospital y me dio ropa, pero yo le dije que esperara que en ese momento no podía moverme, que confiara en mí (solo pensar en bajar de la cama me asustaba). Las contracciones eran prácticamente seguidas y no podría ni dar un paso.Viendo mi estado decidió llamar a una ambulancia para que vinieran a casa y llevarme al hospital y eso debió ser sobre las 10 de la noche. Mis contracciones habían bajado la intensidad y tenía un poco de tiempo entre ellas, entonces supe que tocaba empujar. Me apoyé en la madera que había en el cabezal de la cama con las manos y me puse de rodillas. Me quedé totalmente desnuda y, con cada contracción, empujaba un poco con cuidado. Notaba como el bebé iba bajando y yo estaba abierta. Iba metiendo mis dedos para ver si tenía que romperme la bolsa (porque aún hoy no sé en qué momento rompí aguas) y le decía “venga bebé, un poco más que esto ya acaba”. En ese momento entró mi marido y me dijo que una ambulancia venía de camino a lo que yo le contesté que pusiera toallas bajo de mi y que se quedara, porque su hijo iba a nacer. Yo ya tocaba su pelito y notaba como me quemaba toda la zona. Esa tirantez ardía, pero aun así esperaba a tener una contracción para empujar. Finalmente, con un pequeño grito, salió la cabeza y oí como mi marido muy emocionado me seguía dando ánimos diciéndome que mi bebé ya estaba aquí. Poco después y sin casi esfuerzo calló el cuerpecito y mi marido lo recogió en sus manos. ”Es un niño” me dijo y enseguida le saludó completamente enamorado “Salam aleicum AN”.
Aún recuerdo el tono de su voz y lo emocionado que estaba. Se acababa de enamorar de su bebé y lo había recogido con sus propias manos para darle la bienvenida a este mundo. Yo me senté en la cama como pude, totalmente en shock y él me tendió al chiquitín diciéndome “toma, aquí tienes a tu hijo”. Lo apoyé en mi pecho y mi marido se quedó a mi lado. Abrazados los 3, disfrutamos de 5 minutos de intimidad mientras Idris le cantaba la bienvenida y yo seguía unida al bebé por el cordón. Justo después llegaron las enfermeras para llevarme urgente al hospital, aunque se quedaron súper sorprendidas cuando, al abrir la puerta, Idris les dijo que acababa de nacer. Allí tuvimos que esperar otra ambulancia y bueno… podría decir que, en cierto modo, empezó un poco nuestra pesadilla: médicos, salas frías, separaciones, pruebas y más pruebas,… un hospital. Pero, gracias a Dios, mi hijo tuvo el nacimiento que durante todo el embarazo quise para él. No se cogió al pecho en cuanto nació pero no se si porque no pudo, no quiso o porque yo no supe. Lo cierto es que yo estaba exhausta por todo lo que acababa de pasar. En cuestión de pocas horas había tenido a mi hijo, casi un mes antes de lo que me habían dicho todas las comadronas. Había ocurrido ya y había pasado en casa, sin nadie más que mi marido y mi confianza en Dios y en mi cuerpo.
Aun hoy, cuando pienso en ese día, siento que estaba fuera de mí. Me había imaginado un parto más idílico y, para no mentir, menos duro pero lo cierto es que, ahora que ha pasado todo, empiezo a ver que fue precioso y estoy muy feliz de cómo fue. Me siento muy orgullosa de mi bebe por lo fuerte y decidido que es; de mi marido por todo lo que participo, el amor que me demostró, la confianza y lo unidos que estuvimos en cada momento; y también de mi misma, de lo fuerte y valiente que fui. Nunca me hubiera imaginado mi parto de ese modo pero, a decir verdad, durante todo el embarazo dije que quería un parto “en sepia” y hoy, al recordarlo, siento que lo tuve.

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Mar
    May 28, 2011 @ 11:01:10

    Precioso, seguiste tu instinto “Sencillamente me sentía como una leona más, escondida entre arbustos, sin querer ser vista y dando a luz a su hijo”, se me pusieron los pelos de punta.

    Te felicito 🙂

    Un besazo

    Responder

  2. olga
    Abr 26, 2012 @ 20:42:31

    que valiente!!!!continua escribiendo que tu blog es precioso

    Responder

  3. farahsamper
    May 13, 2012 @ 22:17:36

    Muchas gracias a las dos!
    Un abrazo!

    Responder

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